Posteado por: _admina_ | noviembre 29, 2009

Tema reflexivo con acento

Cualquier texto de la naturaleza que fuese, político teniendo en cuenta la muy tensa situación actual donde al no saberse ya lo que se dice, difícilmente se sabe lo que se puede decir, financiero teniendo en cuanto un paquete de 3.537 leyes restringiendo el uso de la palabra en ese dominio por poder tratarse de crímenes de muy diversa índole como la influenciacíón maligna de los mercados y otros muy penalizados, etc.

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Se referirá el nombre del autor.

Ejemplo:

TEMA: Derechos intelectuales

Natalia Osipova, la absoluta levedad del ser

Autora: Sonja Kasten

publicado en : www.webbook.wordpress.com

Malamente se justifica semejante indebida apropiación de bienes derivados, de gentes encontrándose unos cuantos oceános más allá, o sea que tenemos que buscarnos una excusa. Claro que se discute, qué fuera de quién al final, pero no fuera sino porque en el fondo realmente tienes la impresión de hacer de gorrión que pica migas de pan de platos ajenos – lo que, se quiera o no se quiera, no deja de ser muy biblíco, aunque no se caigan de la mesa, sino que solo aparezcan instantáneamente sobre una pantalla – por lo que en todo caso se hace necesario el buscarse una excusa aunque sea oblícua.

Claro que se puede argumentar que en el proceso de elucidación del movimiento en tanto que se fija en imagen, profunda reflexión que comenzamos con un ápice de ironía a guisa de comentario sobre Plisetskaya bailando el bolero de Ravel, bien hicimos en caer sobre Natalia Osipova, que – confieso – no conocíamos hasta el insigne momento en que caímos sobre un video suyo gracias a una búsqueda en ‘youtube’ diciendo ‘bolshoi’.

Aunque – digo – le quedan a Osipova o al director de escena aun unos cuantos años antes de llegar a poder encarnar de nuevo y desde otra perspectiva el bolero de Ravel según Plisetskaya (pensamos, sin querer meternos con nadie: es decir, terminamos por reflejar exactamente lo que aparecía a la mente en ambos casos sin querer en ningún caso presumir que eso fuese un juicio del orden o naturaleza que fuese – y no por otra cosa, sino porque no hay otro modo de establecer lo justificado de la crítica, si de ello se tratase, porque si digo lo que se espera de mi que diga, decir, no digo nada, si me imagino tener criterios que no tengo, sigo sin decir nada; ahora, sin ser nada más que alguien apasionado por la posibilidad de darle la vuelta a todo a fuerza de puntuales pinchazos fotográficos acompañados de muchas palabras, lo único que se puede hacer es decir exactamente lo que te cruza la mente, sin más. Y luego tienes que seguir el proceso viendo si de tanto pensamiento aparecido de diversas circunstancias se puede establecer una relación a aquello de lo que se habla, único modo por el que terminan por fijarse criterios, finalmente. Aunque sean subjetivos.) sentí una certera admiración por aquello que tan someramente se me presentaba.

Lo que se me ocurrió viendo a Osipova fue la frase de arriba, lo que ya casi se merece un palco porque raramente tan alusivas frases a lo que otros hacen o dicen te cruzan la mente con tanta rapidez y sin tener que rebuscar en exceso en los registros de la memoria. Por eso de impresionar al auditorio, si hubiese.

Total. Natalia Osipova se convirtió de inmediato en la ‘absoluta levedad del ser’, lo que desde cierto punto de vista me venía muy bien ya que permitía concebir con suficiente rapidez el hacer lo más difícil como si no se hiciese nada, y ese mismo día, hasta la existencia se me hizo más sencilla como siguiendo el reflejo del aura dejado por Osipova. Pensé incluso que si algún día iba a Rusia, tendría que ser en un momento en que apareciese en algún lado, cosa que implicaba muchos tertulios previos en un ruso inexistente, tarea que no me pareció en exceso difícil teniendo a la misma como perspectiva fundamental.

Constaté, empero, a mi gran satisfacción, que mi ruso hacía enormes progresos ya que no solo discerní con claridad en la entrevista dada, que hablaba de su maestra, sino de alguien que tuviese un ‘duro caracter’, que terminé por atribuirle a ella, aunque no disponiendo de los elementos gramaticales determinantes para poder fijar mi juicio.

Es una ventaja. Ves el bolero de Ravel de Plisetskaya y te pones a hacer profundos elucubrios sobre la tensión existente entre la afectividad en su dimensión intelectual y su expresión física y ves a Osipova y piensas en darte una vuelta por San Petersburgo. No que le quite la reflexión, es que la posterga a un segundo plano como quien no quiere molestar con tanta profundidad. Ahora, es obvio que Osipova asume menos que Plisetskaya la elucidación de tanto pensamiento hecho gesto aunque no por eso deja de insinuar respuestas un tanto acomodadas a la manera de preguntas, como quien delega sobre otros la tarea de decir las cosas, después de pensarlas, supone, en tanto que hace resaltar alguna incongruencia o subraya algo que faltase o expresa una hipótesis como eso mismo, una posibilidad?

La alternativa Osipova, que tiene grave peso de escuela, lo que no deja de ser agradable, en el fondo solo asume la responsabilidad de seguir diciendo lo que adquiere sin permitirse en exceso un juicio y eso hace resaltar lugares que son más escuetos, más desnudos y más sencillos que los grandes teatros universales. La escuela de baile cuyos muros, configuración y colores, reflejos e imposiciones son determinados por quien rige e impera sobre los lugares en tanto que – soñaba – ordena una enseñanza en vistas a que algún día, algún pupilo o pupila aterrice en el Bolshoi. Supones. No sabemos quien es, pero es obvio que es alguien tan tímido que nunca se atrevió a pisar un escenario razón por la cual imponía a sus alumnos un estricto llevarle la contraria en cuanto a principios fundamentales, porque si seguían en exceso su ejemplo, acabarían todos en un campo de gitanos a la luz de la luna y de la fogata alumbrada para que se oyesen solo las palmas resonando de alguien apelando siempre a si mismo. Precisamente. Lo que se guarda para si y no quiere mucho decirse guarda las ternura de una visión interna en la muy escueta representación del lugar desde el que enseña.

Haría falta entonces, continuas pensando, un Nureyev, que parece suscitar gran pasión en Osipova, pasión que solo compartiríamos por el hecho de que semejante fusión de elementos produce finalmente lo increible: que se pueda ver en público, arráncandole la timidez a través de la imposición de otro maestro más endiablado e infinitamente más narcisista, aquello que la otra esconde.

Si tuviera que darle palabras a eso mismo se resumiría a que alguien quería que se viese lo bello y no tuvo más medio que aliarse con el diablo para ello porque en el fondo supones que aquello que se dice en belleza es infinitamente más poderoso que el diablo que en si no es nada más que una vulgar criatura que se subordena a más altos designios.

Etc.

Luego siguen otros muchos pensamientos más…

sigue en: http://webbook.wordpress.com/2009/10/05/natalia-osipova-la-absoluta-levedad-del-ser/

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